A los 40 años entendí lo que los cursos de programación nunca me enseñaron
El software no es código. Es comunicación. Y entender eso cambió completamente cómo veo mi carrera.
A los 40 ya no tengo la energía para surfear cada ola que sale cada semana. Pero sí tengo algo que a los 20 no tenía: claridad sobre dónde está mi verdadera ventaja.
Y curiosamente, esa claridad me la dio una conversación con el decano Néstor Castaño. Jamás imaginé que esa entrevista me volara tanto la cabeza, y eso que en un mundo tan frenético como el de la IA, en el que cada semana hay una nueva noticia que lo cambia todo, una nueva feature que nos hace más productivos, es fácil sumergirse en el FOMO de no querer quedarse por fuera de la ola e intentar surfear ola tras ola. Sin embargo, luego de esa conversación, fue muy revelador pensar en que me podía detener de tanto frenesí y pensar más en una posición estratégica de mi profesión.
Estoy atravesando mi crisis de los 40, ya no tengo la energía que tenía a los 20, pero sí tengo la experiencia de los años recorridos. A esta edad quiero empezar a sacar provecho de las herramientas que he construido en mi vida, y dejar de competir en cuanta carrera de los 100m aparezca. Esas carreras quiero entregárselas a los jóvenes de hoy en día, que gozan del tiempo y la energía para poder surfear en cuanta ola salga cada semana.
Volviendo al punto de la entrevista con el Decano, lo que retumbó dentro de mí fue esto:
El software que construimos no es código. Es un canal de comunicación.
En él, diferentes stakeholders interactúan entre sí, toman decisiones, resuelven problemas. Lo técnico es el vehículo. La comunicación es el destino.
Piénsalo así — cuando alguien abre tu aplicación y no entiende qué hacer, no es un problema de código. Es un problema de comunicación.
Debo confesar que con los años he ganado el gusto por la comunicación, no como una carrera formal, sino porque me interesa sobremanera el rol tan importante que esta juega en la sociedad. Cómo una simple palabra puede cambiar todo el contexto de una relación entre dos personas, y cómo la palabra bien usada puede sacar ventaja. Ha sido un gusto adquirido, así como el gusto por la bretaña — quién en su sano juicio de niño le gustó esa vaina. Ese gusto se adquiere con los años.
Creo que juntar el tema de la comunicación como la fuente principal de los ingenieros de software, junto a mi gusto por entender cómo la palabra y la comunicación afectan a la sociedad, fue lo que retumbó dentro de mí.
Me pongo a pensar y creo que ahí es donde está la diferencia entre los buenos productos de software versus los que se quedan en el cajón de san alejo. Aquellos que sobresalen son los que entendieron el problema de comunicación que resolvieron. Un ejemplo muy práctico son productos con hermosas UI pero pésimas UX — productos que aunque son hermosos estéticamente, sobrecargan de información al usuario y se vuelven complejos de usar.
Por eso el decano no mentía: quien entienda la comunicación dominará el mundo de la IA.
Y la razón es simple. La IA volvió el código un commodity. Algo que “cualquiera” puede utilizar hoy.
Entonces la ventaja ya no está en quien más código produce. Está en quien entiende con quién está conversando el producto, y cómo está ayudando a resolver un problema real.
Eso no significa que el tecnicismo murió. Para nada. Seguimos necesitando a los tesos técnicos — porque ¿cómo le digo a una IA que haga un diseño bonito si no tengo ni la menor idea de cómo es un diseño bonito? El tecnicismo sigue siendo importante. Lo que cambió es que ya no es suficiente por sí solo.
¿Pero esto es solo teoría? No. Y tengo un ejemplo muy reciente que lo demuestra.
En la pasada Hackathon que realizamos, durante 24 horas, 12 equipos trabajaron fuertemente para resolver un problema propuesto, y al final, en tan solo 5 minutos, tuvieron que convencer a los jurados de por qué su producto debía ser el ganador.
En este video queda retratado cómo el poder de la comunicación es grandísimo. A veces es fácil hablar desde lo técnico, ya que para eso nos preparamos y estudiamos, y además porque para el ego es gratificante sacar cada anglicismo y terminología técnica — es brutal. Sin embargo, olvidamos que al otro lado de la mesa hay público que no son técnicos, y que obviamente su interés no está puesto sobre la tecnología o la arquitectura, sino en cómo el producto que estamos ofreciendo soluciona un problema en su vida. Camilo es un gran exponente de esta habilidad, porque comunica su solución no desde lo técnico, sino entendiendo los dolores que la empresa necesitaba resolver.
Al final, la pregunta no es cuántas herramientas de IA conoces. La pregunta es si entiendes el problema humano que estás resolviendo. Porque la IA ya sabe escribir el código. Lo que todavía no sabe hacer es entender a las personas.


