El síndrome del impostor no se cura esperando
Lo que no conté cuando me promovieron
Me promovieron. Y en vez de sentir lo que esperaba sentir, sentí angustia.
Llevaba años queriendo un rol de liderazgo. No por el estatus — yo creía, y sigo creyendo, que tenía madera para eso: soy amable, sé comunicarme, puedo llegar a consensos. Y tenía una motivación muy concreta: quería convertirme en el líder que me hubiera gustado tener en los peores trabajos que estuve.
Pero cuando llegó la oportunidad, me equivoqué mucho. Y lo que más me pesa no es haberme equivocado — eso es normal. Lo que más me pesa es por qué me equivoqué. No fue por hambre de hacer las cosas bien. Fue por miedo a que me descubrieran.
Viví mucho tiempo escondido de los reflectores. Pensando que todo iba a salir mal porque no estaba preparado. El impostor estaba ahí todo el tiempo, diciéndome al oído que era cuestión de tiempo antes de que se dieran cuenta de que yo no debería estar en ese lugar.
Cuando hablé de esa promoción en el podcast con Luisa Gutiérrez, conté el logro. Lo que no conté es esto.
Eso es el síndrome del impostor en su versión más silenciosa: no el pánico que paraliza, sino el murmullo constante que te hace tomar decisiones desde el miedo en vez de desde el propósito.
El patrón es siempre el mismo: no te sentís listo → procrastinás → resolvés a las 3am → te autoflagelás por haber tardado → el ciclo empieza de nuevo.
Y la solución que casi todo el mundo intenta es la misma: esperar a sentirse listo.
No funciona. Y lo sé porque lo viví — y porque lo veo en otros. Conozco ingenieros que resuelven tickets como ningún otro, pero cuando llega el momento de presentarlo frente al equipo, se esconden detrás del micrófono y la cámara.
La semana pasada, mientras preparaba el próximo episodio del podcast, tuve una conversación con una líder de Atracción de Talento. Su carrera no fue lineal: empezó estudiando Psicología, pasó por RRHH generalista, se especializó en headhunting IT, y terminó liderando el departamento de recruiting — exactamente el tipo de trayectoria que acumula momentos en que cualquiera hubiera dudado de sí mismo.
Le pregunté cómo manejaba ella el síndrome del impostor.
Me dijo:
Yo no me siento impostora. Me estoy acostumbrando a esta nueva versión de mí.
Una sola frase. Y el problema se puso de cabeza.
La diferencia es sutil, pero es enorme.
El síndrome del impostor dice: “lo que estás sintiendo es evidencia de que no deberías estar aquí.”
El reframe dice: “lo que estás sintiendo es evidencia de que estás creciendo más rápido de lo que esperabas.”
La incomodidad no desaparece. Pero deja de ser una señal de alarma y se convierte en señal de brújula.
Hay algo que Andrea Salazar dijo en uno de los episodios del podcast que no se me olvida:
“Las personas piensan que necesitan la confianza para hacer las cosas. A veces es que necesitan hacer cosas para ganar confianza.”
Eso lo entendí de verdad en terapia. La mente no aprende por instrucciones — aprende por acción. No esperás tener motivación para ir al gimnasio: vas, y la motivación aparece después. La confianza funciona igual.
Pero hay un paso antes que nadie menciona: no se trata de callar la voz que dice “no estás listo”. Se trata de abrazarla. Con compasión. Reconocer que esa parte tuya está tratando de protegerte a su manera — aunque lo haga mal.
Y después de abrazarla, demostrarle con hechos. No con palabras. No con afirmaciones frente al espejo. Con acciones concretas que le digan: “puede que no me sienta preparado, pero estoy haciendo lo mejor que puedo para demostrarme que sí puedo.”
Esa es la diferencia. No silenciar al impostor — abrazarlo y actuar de todas formas.
Y después de actuar, mirás para atrás y ves que lo que llamabas síndrome del impostor era simplemente la textura de estar creciendo.
RECURSO DE LA SEMANA
“Alfred y la Sombra” — Anne Hilde Vassbø Hagen
No es un video sobre el síndrome del impostor. Es un cuento. Pero trata exactamente de esto: cómo manejar los pensamientos destructivos que nos atacan. Y la respuesta que propone no es extirparlos como si fueran un cáncer — es aprender a convivir con ellos. Reconocerlos. Darles un lugar. Sin dejar que tomen el volante. A veces las cosas más complejas las explican mejor los cuentos. Son cinco minutos.
P.D. El próximo episodio del podcast va a ser sobre exactamente esto — desde el lado del reclutamiento. Cómo te ven las empresas cuando llegás con inseguridad, y lo que un recruiter con 10 años de experiencia dice que realmente importa para crecer. Pronto.


