La IA me liberó tanto tiempo que ya no tengo tiempo
Construir ya no es el problema. Saber qué merece construirse, sí.
Durante el último año he producido muchísimo en muy poco tiempo. Y justo después de hacer tanto es cuando empiezo a sentirme abrumado: en lugar de terminar con menos trabajo, terminó con más, y hay algo que no me encaja. Durante un buen rato lo llevé como una pregunta sin respuesta. Y pensé que era solo yo.
Lo que le puso palabras fue un video. Hace poco vi en YouTube a alguien que se propuso lanzar 24 startups en un año usando IA. Una por quincena, más o menos. Seguro va a aprender muchísimo, sobre todo qué cosas no volvería a hacer nunca. Pero me dejó una pregunta dando vueltas, de esas que no te sueltan:
¿De qué sirve construir tanto si al final nadie le encuentra valor?
Con la IA, hacer software dejó de ser el problema que era. No es que sea trivial: sigue exigiendo criterio, revisión e iteración, y muchas veces toma más tiempo del que parece. Pero producir se volvió mucho más rápido y accesible que antes. Y ahí está la trampa: cuando construir se vuelve más fácil, uno construye por construir.
Entonces, ¿para quién estamos construyendo todo esto? ¿O qué vacío queremos llenar?
Me acordé de un experimento que vi hace poco: lanzaron miles de pelotas de golf hacia un hoyo para ver cuántas entraban. Y sí, cuantas más lanzas, más probable es que alguna caiga. Pero si ninguna entra, todo ese volumen no significó nada. La cantidad, por sí sola, no garantiza el acierto.
Creo que algo parecido pasó con los smartphones. Al principio explotaron las aplicaciones, aparecían miles. Hoy existen millones y, sin embargo, la vida real se concentra en muy pocas. Un estudio de Sensor Tower calculó que un usuario promedio usa unas 46 apps al mes; pero cualquiera que mire su propio teléfono sabe que el día a día se reduce a un puñado, las mismas de siempre. El problema nunca fue poder crear apps. Fue crear una que de verdad se volviera indispensable.
Y ahí es donde siento que estamos cambiando de etapa. Antes, la ventaja era construir más rápido que el resto. Ahora construir ya no es el cuello de botella. Lo difícil pasó a ser otra cosa: decidir qué merece ser construido. Qué problema vale realmente la pena resolver. Qué va a tener un impacto real en alguien. El criterio empieza a ser más escaso que la capacidad de ejecutar.
Le di vueltas durante semanas. De hecho lo venía hablando con Jorge, el host del programa y con quien converso seguido de estas cosas, y él me dijo que esperara, que venía un capítulo donde justo iban a tocar el tema. Esta semana por fin lo escuché: el capítulo 11 de Impulsa tu carrera tech, sobre la ansiedad en tiempos de IA. En un momento, Jorge dice que muchos de los que están escuchando se sienten cansados y vacíos. Lo dijo como quien describe algo obvio. Y para mí fue como escuchar en voz alta la pregunta que llevaba semanas haciéndome en silencio.
Y ahí caí en cuenta de por qué me había sentido tan solo con esto: es un desgaste silencioso. No aparece en las métricas, no lo cuentas en la daily, no lo posteas en ningún lado. Cada quien lo lleva por dentro, convencido de que es el único que no da abasto, mientras al otro lado de la pantalla hay muchísima gente cargando exactamente lo mismo, en silencio. Oírlo dicho en voz alta, sin rodeos, fue lo que me hizo parar. Y que existiera un episodio entero dedicado a esto, con una psicóloga clínica invitada a hablarlo, me terminó de convencer: no es un caso aislado, es algo general.
Yo lo vivo así: en el trabajo, a veces tengo cinco o más tareas abiertas al tiempo, avanzando en todas a la vez, a veces en muchas más. Y a eso súmale los proyectos personales. La IA vuelve todo eso tentadoramente fácil de querer a la vez. El problema es que a mí el cambio de contexto siempre me costó muchísimo, mucho antes de la IA. Saltar de una cosa a otra me deja a medias en todas.
Y no era solo una sensación mía. En realidad, el cerebro no hace dos cosas a la vez: salta de una a otra muy rápido, y cada salto cuesta. Cuesta tiempo, porque cada vez hay que volver a engancharse; y cuesta atención, porque una parte de la cabeza se queda pegada en lo que estabas haciendo antes. Un estudio de Stanford encontró que las personas que viven saltando entre pantallas terminan concentrándose peor: les cuesta más distinguir lo que importa de lo que no. Esa dispersión que yo sentía tan personal tiene nombre, y le pasa a muchísima gente. Por qué a unos les cuesta más que a otros da para otro post.
Y hay algo más grande todavía, que tampoco es solo mío. Es, de hecho, lo que me incomodaba desde el principio: producir tanto y terminar con más trabajo, no menos. Y hay datos: un estudio de Harvard que siguió a 200 empleados durante ocho meses encontró que el 83% terminó con más carga de trabajo, no menos, en buena parte porque la gente asume más tareas solo porque la IA las hace sentir posibles. Tiene nombre desde hace más de un siglo: la paradoja de Jevons, o paradoja de la productividad: cuando algo se vuelve más eficiente, en lugar de usarlo menos, lo usamos más. Saber que era un patrón, y no un defecto mío, no me dio calma, pero sí confirmó lo que ya venía pensando.
Y no es exactamente un vacío. Es la incomodidad de sentir que, por más tiempo y esfuerzo que uno le meta, no termina de llegar a donde se quiere. Como un deseo que no se sacia: se hace más, y más, y el “todavía no es suficiente” no se va. Y lo que uno va entendiendo es que más IA no lo arregla, porque el problema no es de velocidad, es de dirección. Sin saber hacia dónde se va, producir más es correr más rápido en círculos. Y quizá lo que falta no es hacer más, sino parar: darse el permiso de bajar el ritmo y mirar, con calma, hacia dónde uno quiere ir de verdad.
En tecnología somos los primeros en sentir este cansancio. No porque seamos especiales, sino porque estamos en la frontera: la ola nos llega antes que a nadie. Pero la IA ya está entrando a todas las industrias, y con ella va a viajar este mismo desgaste silencioso. Hoy nos toca a nosotros; mañana le tocará a muchos más.
Por eso lo escribo, y por eso me alivia escuchar a otros que sienten lo mismo. Ponerle palabras es liberador; y si tú también lo cargabas creyendo que eras el único, no lo eres. Pero no hay fórmula común: al final es trabajo de cada quien parar, entender qué le pasa y decidir qué, de todo lo que podría construir, merece de verdad existir en su vida.

