Lo que nadie te cuenta sobre organizar una hackathon
Lo que aprendí dejando de controlar todo durante 18 horas de hackathon.
Creo que una de las sorpresas que me llevé co-organizando esta hackathon fue haberme encontrado con tres personas increíbles: Darwin, Michael y Andrés. Lo digo porque, como buen emprendedor wannabe —de esos que emprenden por pura felicidad y sin la necesidad de llevar la comida a la casa— con el tiempo y a punta de trastazos he “aprendido” que lo mejor que puedo hacer es emprender solo. Incluso recuerdo rápidamente El Libro Negro del Emprendedor, que en uno de sus capítulos habla precisamente sobre el tema. Y en parte es cierto: es más fácil ser egoísta, querer tener el “control” de todo y decirte “yo puedo hacerlo solo”. Sin embargo, en la práctica no es así, y no lo es porque además de que nunca podemos controlar todo, siempre vamos a necesitar ayuda de alguien más.
Aceptar que necesitamos a otros es el primer paso. El segundo, y el más difícil, es confiar de verdad en ellos. Y eso fue exactamente lo que esta hackathon me obligó a aprender: que el opuesto del control no es el micromanagement, sino la confianza. Es tan fácil leerlo, pero tan difícil aplicarlo.
Y lo digo porque lo viví. Hubo momentos en los que solté el control sin mirar atrás, y los resultados me sorprendieron. Las inumerables historias y reels que se publicaron en Instagram durante el evento son el mejor ejemplo: yo no orquesté nada, simplemente pasaron, y pasaron bien. Detrás de ese contenido estaban Angie y Tatiana, que aunque no estuvieron en la planeación, desde el primer momento levantaron la mano y no la bajaron en toda la hackathon. Estuvieron pendientes de que cada participante viviera la mejor experiencia posible, y como en casa de abuelitos, fueron las últimas en comer porque siempre antepusieron el bienestar de los demás al propio. Tatiana casi se nos desmaya del hambre, y no es broma. Hubo también una noche en particular en la que me fui a dormir mientras Darwin trasnochaba arreglando el middleware de la hackathon. No me fui tranquilo por despreocupado, sino porque sabía que eso estaba en las mejores manos, y que mi energía iba a ser más necesaria al día siguiente a primera hora. Eso es confianza: no es abandonar, es saber cuándo tu presencia suma y cuándo estorba.
Lo que nadie te cuenta sobre confiar en un equipo es que al principio se siente raro, casi irresponsable. Estás acostumbrado a tener el hilo de todo, y de repente las cosas suceden sin que tú las estés jalando. Pero ahí está la magia: cuando el equipo es el correcto, no necesitas orquestar nada. Solo necesitas estar disponible cuando te llamen.
Y eso también responde otra pregunta que me rondaba: ¿qué significa realmente trabajar en equipo? Porque solemos pensarlo como que todos trabajan con el mismo esfuerzo al mismo tiempo, como si en un partido de fútbol todos corrieran detrás del balón, o como si el portero saliera a atacar. Pero lo que viví en esta hackathon me lo mostró diferente. Darwin trasnochando con el middleware, el contenido de Instagram fluyendo solo, cada quien en su momento y en su rol, sin que nadie tuviera que pedírselo. El liderazgo se fue trasladando como en el tingo-tango: a veces yo tenía la pelota, a veces la tenía otro, y lo importante era soltarla a tiempo.
Una cosa más: creo que con algunos años trabajando con empresas en el extranjero había olvidado cómo es la cultura organizacional local. Durante la organización del evento tuve la oportunidad de interactuar con varias empresas, y en más de una ocasión vi el mismo patrón: los líderes empujando el carro solos, con genuinas ganas de construir algo, mientras a su alrededor había apatía, desconexión, poco sentido de responsabilidad por el resultado. Y por favor, no me malinterpreten: no quiero hacer eco de esos mensajes tóxicos donde “hay que ponerse la camiseta”, que en resumen significa trasnochar gratis a cambio de una porción de pizza y una gaseosa, sin siquiera un gracias después de un trabajo bien hecho. Me refiero a algo más simple: el orgullo por hacer bien el propio trabajo. Esa actitud de “Dios proveerá” que a veces nos acompaña como cultura, y que hace que los buenos resultados dependan de uno o dos, en lugar de un equipo entero.
Por eso me parece aún más increíble lo que vivimos con este equipo.
Y el mejor termómetro no fuimos nosotros, sino los participantes. El feedback general fue muy bueno, y hubo un momento que lo resume todo. Durante la jornada del sábado, habíamos planeado que los participantes salieran a almorzar a un restaurante cercano, un momento de esparcimiento antes de los pitches. Pero en medio de la intensidad del evento, nadie quiso salir. Estaban tan metidos en sus proyectos que moverse les parecía perder tiempo. Así que cambiamos el plan sobre la marcha y les llevamos el almuerzo. Ese momento que parecía un problema se convirtió en uno de esos pequeños gestos que la gente no olvida. Se fueron sorprendidos, no solo por el nivel técnico del evento, sino por cómo fueron atendidos, por la sensación de que alguien estaba pensando en ellos todo el tiempo. Y eso, al final, es lo que más nos llena.
Le agradezco a Darwin, a Michael, a Andrés y a la vida por permitirnos encontrarnos en el mar de infinitas posibilidades que significa habitar este espacio-tiempo, y coincidir justo aquí para construir esta hackathon juntos. Lo que logramos nos hace querer más.
¿Qué dicen? ¿Vamos por un segundo round?



